Introducción
Este no es un libro tradicional de historia. En puridad, deberíamos decir que es un libro de historias que narra las vivencias de unos personajes, desconocidos hasta ahora, de la Andalucía rural del pasado. Nada sabíamos de Francisco Posadas de Mesa, de Félix de Vera, de los hermanos Barba, del Garduño, de Julián de Luna, de Cristóbal Muñoz, de Juana de Tienda o de Corrales. Estos son algunos de los protagonistas de las historias que aquí se cuentan. Sabemos de sus vidas, de su edad y oficio, de su familia y de los bienes que poseían, porque en algún momento se dieron de bruces con la justicia a lo largo del siglo XVIII y principios de la centuria siguiente. Son historias de gentes modestas sucedidas en un pequeño pueblo de la Subbética cordobesa, Doña Mencía, pero que podían haber ocurrido, y seguramente que así fue, en cualquier otro núcleo de nuestra región. Todas ellas son relativas a expedientes judiciales que se conservan en el Archivo Histórico Municipal de Doña Mencía (AHMDM).
La justicia en el pasado
Por eso estos relatos pueden despertar cierto interés, porque a través de ellos nos adentraremos en el mundo de los más humildes y conoceremos las penalidades que sufrían cuando caían en manos de una justicia que se regía por unos principios que nada tienen que ver con nuestro actual estado de derecho garante de la presunción de inocencia. En las historias que vamos a contar las cosas no eran así. Si alguien es herido en alguna trifulca o quimera –esta es la expresión que aparece con más frecuencia- o por alguna travesura infantil, el causante del daño es inmediatamente encarcelado, si es que no desaparecía antes –como también sucedía en numerosas ocasiones-, y se decretaba el embargo de sus bienes, que en la mayoría de los casos no eran otros enseres que una sartén, unas trébedes y varias sillas.
A lo largo del libro se cuentan historias de sucesos desconocidos, aunque sobre algunos de hechos ya adelantó algo José Paniagua Gil en la revista “Letrados” del Colegio de Abogados de Córdoba y más tarde en el boletín local “El Bermejino” de Doña Mencía, cuyo texto es la trascripción de la amena charla que impartió en el IES Averroes de Córdoba a comienzos de 2003 y que hemos podido leer en el prólogo, en los que, además de robos, los más numerosos, hay expedientes sobre crímenes y ejecuciones, sobre relaciones consideradas deshonestas para la época, sobre agresiones a algún fraile del convento parroquial de la villa, sobre riñas en el campo por cuestiones de lindes o peleas en el pueblo -demasiado frecuentes cuando el vino o aguardiente de la localidad calentaba los ánimos-, sobre fraudes o problemas en el cobro de algunas deudas, y también sobre las fricciones que hubo con un homosexual de Castro del Río cuando un grupo de jornaleros mencianos estaba vendimiando en el Puntal, término de Cabra.
Pero detrás de esta pequeña crónica negra del pasado, en numerosas ocasiones, aflora la lucha por la supervivencia de la gente modesta que en algunos casos acude a métodos ilícitos para conseguir llevar algún alimento a su casa. No en vano, como apuntábamos más arriba, hay varios expedientes relacionados con el robo de ganado, sobre todo cerdos aprovechando la montanera del Monte Horquera. En otros momentos es la rabia contra el injusticia, como es el caso de Félix de Vera que arremetió, navaja en mano, contra el alguacil de Doña Mencía, don Juan Miguel Valera, mientras se pregonaban ciertos impuestos en la plaza, o la ira contra el comerciante usurero que “da al fiado con un lucro demasiado a unos infelices a quienes graba y toda respuesta en ellos le parece criminal”.
También hay, no podían faltar, expedientes relativos a problemas matrimoniales, como el que nos cuenta las peripecias de una mujer que abandona a su marido, al que le gustan en exceso los buenos caldos del pueblo, para refugiarse con demasiada frecuencia, según la justicia, en casa de su padre. Ante los insultos e insistencias del marido para que vuelva al hogar conyugal, el suegro sale en defensa de su hija y, extralimitándose en sus funciones, detiene al yerno, pero la justicia decreta la liberación del marido y que la mujer regrese a su casa para “cumplir con las obligaciones de su estado sin faltar de ella y pasarse a la de su padre tan continuamente y en especial a las horas que todo marido debe concurrir a la casa a comer y dormir”.
Y por supuesto también hay sumarios relativos a la violencia de género, o más exactamente contra la mujer, como es el expediente que nos habla de la ejecución pública de Francisco Posadas de Mesa por haber “matado alevosamente a su mujer”. La justicia menciana lo condenó al destierro a las islas Filipinas, pero la Chancillería de Granada, órgano supremo de justicia, revoca la sentencia y lo condena a muerte, lo que se llevó a cabo en la plaza Mayor del Pradillo en una mañana fría del 21 febrero de 1807. En otros casos es la pobre suegra la que es maltratada por su propio hijo y su nuera. Y por supuesto hay varios expedientes relativos al honor o a la defensa de la honra que debe llevar a cabo la familia cuando la pérdida de la misma es cuestionada públicamente.
Sobre el convento Parroquial de la villa
A lo largo del libro son frecuentes también las alusiones al Convento Parroquial de la villa –cuya situación excepcional ha sido destacada en numerosos estudios - a donde acudían a retirarse muchos de los encausados en los procesos judiciales para gozar de la inmunidad de que disfrutaban los lugares sagrados, privilegio que desapareció a principios del siglo XIX. Hasta allí se desplazaba la justicia para tomar declaración a los imputados. Pero sólo eso. En unas ocasiones el prior denegaba la inmunidad, en otras exigía una cantidad en metálico como ocurrió con Juan José Ximénez tras “dar muerte violenta” a Juan Gabriel Ximénez el 5 de octubre de 1789. En la mayoría de los casos, el convento era generoso con los perseguidos por la ley, incluso en asuntos tan graves como el comentado con anterioridad, o cuando se produjo el crimen del estanco, en que fue acogido en el convento uno de los principales sospechosos de la muerte del hijo de la tía Luna el día 1 de abril de 1725 –el otro se refugiaría en el convento dominicano de San Pablo de Córdoba, de la misma orden religiosa que el de Doña Mencía-. La justicia podía interrogarlos en las dependencias del convento, pero los acusados podían permanecer dentro del recinto sagrado, a veces durante un período de tiempo excesivamente largo, como el que estuvieron Pedro Morales y Francisco de Cueto, quienes tras enzarzarse en una pelea a navajazos durante la fiesta de cruces de mayo de 1758, se retirarían a las celdas del claustro alto del convento donde permanecieron hasta el 30 de octubre del mismo año, en que decidieron presentarse libremente a las puertas de la cárcel de la villa.
Según la información que nos suministra el valioso Catastro de Ensenada, en su libro de Censo de Eclesiásticos, a mediados del siglo XVIII el Convento de Santo Domingo Parroquial estaba integrado por treinta y dos religiosos (23 sacerdotes y 9 legos) más cuatro seglares (tres de menor edad y uno de 31 años, soltero, de oficio pastor). Los bienes están detallados en el libro de Haciendas de Eclesiásticos y, según dicha información, el Convento dominicano poseía varias casas, en las que se incluía la Venta de El Colmenar y el Mesón de la calle Llana, además de los numerosos censos sobre otras casas del pueblo. A los bienes raíces, que también se expresan en el Catastro, debe sumarse lo que percibía en concepto de diezmos y primicias.
Poco sabemos sobre las relaciones que existían entre los religiosos del convento y el resto de la población. Los hermanos Barba agredieron salvajemente a Fray Jacinto Martínez en la tarde del 7 de agosto de 1803 porque las continuas visitas que hacía a casa de la hermana de éstos, Jerónima, ponían en entredicho la honra familiar y también sabemos, por lo que se recoge en el acta capitular de 1682, que habían algunos frailes trabucaires que no se andaban con remilgos con la justicia e incluso salieron armados del convento para oponerse a cierto casamiento de “una mujer principal”. En 1662, los vecinos del pueblo elevan al Sínodo de Córdoba una petición para que el Convento no introduzca cambios en la paga de los entierros y que se diga misa antes del día “por ser todos los más vecinos labradores y gente del campo”. En los momentos de escasez y hambre, como ocurrió en 1768, el convento donaría alimentos -habas guisadas- para aliviar la penuria de la población, no sin señalar antes que sus riquezas no eran “superabundantes”, como creía la mayor parte del pueblo.
No debemos dejar de señalar que es en este siglo cuando se amplia el primitivo recinto religioso, según consta en el acta capitular de 1737, el que después de sufrir muchos avatares, como detalló Montañéz Lama en su libro, sería destruido definitivamente durante la II República, y cuya fachada ha sido recientemente restaurada. Hasta en las mismas puertas del Convento se producían peleas como la que ocurrió entre dos chiquillos del pueblo –uno de ellos que resultaría herido de arma blanca sólo tenía 11 años- en la mañana del 28 de agosto de 1804. Menos mal que fueron separados por Josef Herrador cuando iba a llenar un cántaro de agua en la fuente que hay dentro del patio del Convento.
La presencia de lo religioso en las sociedades del pasado se hacía palpable en todos los ámbitos de la vida cotidiana, pero es en las manifestaciones festivas donde era más patente. Además de la fiesta de San Pedro Mártir, sobre la que disponemos de numerosa información, de la de Jesús Nazareno y de la del Corpus Christi , la Semana Santa era, sin lugar la duda el evento religioso más importante y hasta el pueblo acudían todos los paisanos para presenciar los desfiles procesionales. Esa es la excusa que le da Vicente Cantero a su amo el 19 de marzo de 1806 –“quería irse a su tierra para holgar la semana santa- para regresar al pueblo desde Monturque, aunque no se quiso venir a Doña Mencía con las manos vacías y lo hizo con dos animales robados. Tampoco se descansaba en la Semana Santa cuando el hambre apretaba, y Juan de Navas, más conocido en el pueblo como el Garduño, sería sorprendido por la justicia a las once de la noche del sábado santo, 13 de abril de 1805, en su casa cuando descuartizaba el cerdo que había robado en el Monte Horquera.
En ocasiones una fiesta de boda podía desembocar en una gran quimera, como les ocurrió a Bárbara Muñoz y a Pedro Ordóñez en el barrio de San Sebastián en la noche del 17 de octubre de 1762, y en otras ocasiones las pequeñas trifulcas entre jóvenes se producían durante la fiesta de las cruces de mayo, como hemos anotado más arriba. Y también el carnaval reuniría a los trabajadores del campo que acudirían al pueblo para participar en las coplas de los corros, por lo menos eso es lo que esperaba la justicia respecto a los implicados en una pelea a horquillazos que se produjo en el paraje de Las Lomas el 5 de febrero de 1804.
Los vecinos
Si al principio del siglo XVIII la población de Doña Mencía no superaba los 500 vecinos, a mediados del mismo rondaba la cifra de los 740. Si nos atenemos al estudio detallado de cada uno de los hogares, según la información que nos suministra el libro “Familias de Seglares” del Catastro de Ensenada de 1751, la cifra exacta es de 735 vecinos, que desglosados minuciosamente, según nos indica el censo de seglares de dicho catastro, nos da una población de 2.817 habitantes (lo que resulta una relación de 3,83 habitantes / vecinos). A comienzos del siglo XIX, poco antes de la ocupación francesa, la población rondaría los 3.000 habitantes. En líneas generales, el siglo de la Ilustración también fue positivo desde el punto de vista demográfico para Doña Mencía , aunque estuviese salpicado de crisis de subsistencias, como las de principios de siglo –1705-1710- y en la década de 1760. Respecto a esta última, en el mes de abril de 1768 se produjo un motín de hambre en Doña Mencía en el que “los jornaleros se agolparon en la plaza del Pradillo ante las Casas Consistoriales pidiendo se les socorriera con algún alimento para dar de comer a sus hijos...”.
Poco después, en 1786, se produjo un epidemia de fiebres tercianas que llegó a afectar a más de 400 vecinos, por lo que se decidió hacer un cementerio en el sitio de las “Eras que está a espaldas de la cerca de la huerta de este Convento Parroquial, para el entierro de los que fallezcan fuera de la población en ermitas o cementerios por el riesgo de que las parroquias se inficionen amontonando cadáveres”. Tampoco se vio libre Doña Mencía, en los comienzos del siglo XIX, de las amenazas de distintos contagios, por lo que se constituyeron en la localidad distintas Juntas de Sanidad cuyos expedientes se conservan en el Archivo Histórico Municipal y que ofrecen una valiosa información sobre las medidas y los controles sanitarios que se disponían para evitar la difusión del contagio entre la población, lo que, en algunos momentos, produjo también alguna que otra situación de tensión como el motin de los arrieros o el rifirrafe entre la comitiva de religiosos del Convento que quiso entrar en la localidad por la puerta del Brillante sin enseñar la correspondiente boleta de sanidad. (En dicha comitiva estaba el padre Joseph Cantero autor de un libro sobre la historia del convento dominicano).
El paisaje urbano
Habría que esperar al crecimiento urbano iniciado a finales de la década de los años 60 y 70 del pasado siglo XX para que en el paisaje urbano de Doña Mencía se produjera una transformación radical respecto a épocas anteriores. En líneas generales, pocos cambios urbanos significativos se produjeron en los siglos XVIII y XIX en Doña Mencía. En los expedientes que hemos leído hay continuas alusiones a lugares concretos del pueblo por lo que puede ser interesante que nos refiramos a algunas de ellas.
Puede resultar un poco paradójico, pero el paseo de un cerdo por la villa nos puede servir de guía en la Doña Mencía del siglo XVIII. Así, en 1768 y cómo había que dirimir quién era el verdadero dueño de un cochino en disputa, se le deja suelto en “el llanete que hay en el pilar Nuevo” para subir hacia la ermita del barrio de San Sebastián. Allí, y tras entretenerse un buen rato en los muladares de la zona, el cerdo tomaría a toda velocidad la calle Granada “perdiéndose a la vista del alguacil Mayor y de mi el escribano” hasta llegar a la Plaza mayor del Pradillo. El barrio de San Sebastián, cuya ampliación se produjo en la década de los 30 del siglo XVIII, aparece citado en varias ocasiones en los expedientes leídos. Allí, en la casa del padre del novio, se celebró la boda, a la que nos hemos referido más arriba, y que acabó en bronca y allí también vivía, en una casa de vecinos, el Garduño, conocido ladronzuelo del pueblo. En otra casa de vecinos del mismo barrio moraba Manuela de Montes que resultaría asesinada el 11 de febrero de 1811 por una tropas de soldados indultados a caballo que buscaban tabaco de contrabando durante la ocupación francesa del pueblo. También allí vivían María Vicenta Gómez y Josefa de Vera, quienes se dijeron de todo el 24 de octubre de 1804, por lo que la justicia se vio obligada a intervenir.
Una de las entradas del pueblo era, y sigue siendo, la Cruz del Muelle, sobre el Puente que hay al final de la calle Granada. Los jóvenes del pueblo no saben que el puente sigue existiendo, aunque no se observe a primera vista. No queda la cruz, pero todavía el lugar es nombrado por los mayores del lugar como la Cruz del Muelle. Allí, se instalaba siempre un control sanitario para evitar la difusión de cualquier brote epidémico en la villa -como ocurriría en 1651 y 1680 a lo largo del siglo XVII y en 1786, como se ha apuntado más arriba-. Al final de la calle Granada se abrieron algunos carneros con motivo de la peste de 1680 –algunos de los restos óseos que se encontraron con motivo de la obras efectuadas en la antigua sede de Bodegas Lama a comienzos del año 2000 correspondían a este momento-. Allí, en el camino de la Cruz del Muelle fueron sorprendidos a las once de la noche del 27 de agosto de 1763, por el alcalde de la Santa Hermandad, tres jóvenes mencianos con una oveja sospechosa a los hombros de uno de ellos. Y también muy cerca de allí, en el estanque nuevo de la huerta del Muelle se oyeron disparos a las cinco y media, poco más o menos, del 6 de agosto de 1809 que no procedían precisamente de las tropas francesas sino del guarda que tenía en su hacienda el poderoso de la villa, don Bonoso Marcelino de Corpas, quien con un método tan expeditivo se dedicaba a ahuyentar a los gorriones de aquel paraje para, de esta forma, evitar los daños en la cosecha de uva. También al pie de la misma Cruz del Muelle se produjo el 9 de septiembre de 1768 una pelea entre jóvenes que se disputaban unos guitarros comprados en la feria de Cabra.
Y, ¿cómo no?, la plaza del pueblo también sale en los papeles del pasado, como diría un castizo. A la plaza del Pradillo llegó Francisco Posadas de Mesa en la mañana del 21 de febrero de 1807 arrastrado a la cola de un caballo y con pregonero delante para ser ajusticiado públicamente y, también allí, en las puertas de las Casas Capitulares del pueblo, desde que el Cabildo decidiera comprar una casa a Benito Guijarro en 1728, Félix de Vera arremetió navaja en mano contra el alguacil. Además, tradicionalmente, los regocijos de toros y capeos también se celebraban en la plaza del Pradillo, en la que el propio Concejo Municipal tenía un corral que servía “...de estoril en las ocasiones que se hicieren fiestas de toros...”. Aunque la plaza no sólo era centro de reunión en los momentos felices, pues a ella acudían los vecinos en las situaciones difíciles, como cuando el Cabildo ordena el 20 de abril de 1656 que todos los vecinos se presenten en la misma con sus armas de fuego para prepararse en la guerra portuguesa.
Anejo al edificio de las casas del Ayuntamiento estaban las Reales Cárceles de la villa –cuya humedad y aire cargado de la misma no era muy provechoso a los presos- y hasta su ventana se acercaban los curiosos para ver quién había dentro y, si lo consideraban oportuno, hablaban con el encarcelado, ya sea para darle palabras de ánimo o, como también ocurría, para lo contrario. Así, en la mañana del 25 de agosto de 1809, Vicente de Navas mantendría un tenso diálogo con Eusebio Rodríguez, en el que los dos se dijeron de todo, tras haber sido detenido el último a las puertas de la Posada, sita también en la misma plaza del Pradillo, por resistencia a la autoridad –había cogido de la chupa al alguacil negándose a ser detenido e incluso había proferido expresiones malsonantes como ¡qué carajo me ha de llevar usted a la cárcel!-.
Quizá el tumulto mayor producido en la cárcel de Doña Mencía –o en las Reales Cárceles de la villa, como de manera tan grandilocuente aparece en algunos sumarios- se produjo en la noche del 29 de mayo de 1769 cuando los presos se amotinaron en el interior de la misma bajo la dirección de Cristóbal Muñoz que debía ser trasladado a la cárcel de Córdoba. Una vez que pudo ser reducido y montado en una bestia mular –como un fasineroso dirían sus familiares- fueron dirigidos insultos e injurias muy graves hacia el alguacil mayor don Juan Thomas Valera. Entre otras lindezas, le dijeron que era un siquitraque y un barruntafríos y que su familia estaba sambenitada. Esta acusación era muy grave en la España de finales del siglo XVIII y por lo mismo el alguacil mayor denunció a la familia Muñoz.
También pasó por la plaza principal del pueblo –habían empezado junto a la ermita de Las Angustias y venían desde la calle Sacramento- en la noche del 28 de agosto de 1806, a eso de las dos de la madrugada, un grupo de mozalbetes, algunos con vihuela en mano, cantando algunas alegres coplas, antes de pararse antes las casas de Francisco de Arjona, maestro barbero, al que le dirigieron otras consideradas por el afectado como indecentes y de perjudicialísimos conceptos contra su estimación y la de su hija, de estado honesto. En la misma plaza estaba un día del verano de 1769 don Joseph Pérez Bejega, el fiel Guarda por S.M, de las rentas provinciales, esperando a un calderero de Cabra, de nación francés, por negarse a pagar los impuestos correspondientes a la venta de sartenes y calderas. Tras ser amenazado con la cárcel, si no cumplía con sus obligaciones tributarias, el calderero le respondió que ni aún de pies lo pondría e incluso fue reconvenido por el guarda a que se quitara ante él la montera de la cabeza.
En la plazuela del Llanete se produjo uno de los hechos más trágicos en la historia de Doña Mencía. En la noche del 1 de abril de 1725, ya hemos aludido a ello más arriba, apareció el cadáver de Julián de Luna junto a las puertas del estanco de tabaco y pólvora al pie de la imagen del Cristo de las Penas. Y también allí, a principios del mes de agosto de 1769, en las puertas de su casa estaba Pedro de Morales cuando vio al hermano de Félix de Vera, en pie en cuerpo de jubón sin capa siendo de parte de la mañana, cuando apareció Félix, ya había cumplido una condena de cuatro años de presidio en África, que venía por la calle de la embocada del Pradillo con dos bestias y en cuanto vio a su hermano Pedro de Vera metió las dos bestias contra el rincón de la calleja de Juan Contreras y se vino contra él al mismo tiempo que le decía ¡pícaro ladrón!.
En la calle Abajo, actual Juanita la Larga, en el corral de la casa de Francisco de Tienda, sería sorprendido Juan López, alias Corrales, hortelano de Cabra, junto a Juana de Tienda de estado soltera, por el alguacil de la villa, don Juan Thomas Valera, a quien le movió el vientre a orinar mientras cobraba las contribuciones en la mañana del 1 de septiembre de 1767. Por dicho motivo, por la sospecha de mantener relaciones deshonestas con una mujer soltera, fue llevado a la cárcel de la villa hasta que se aclarara lo sucedido. Y también, en la calle Abajo, estaban las carnicerías públicas en las que intentaron entrar los hermanos Antonio y Juan Jiménez, a eso de las dos de la madrugada del 24 de noviembre de 1766, embozados en sus capas y debajo de ellas cada uno con un bulto.
Saliendo desde el Convento y tras pasar por la puerta de la ermita de las Angustias el paseante subía hacia la calle Arriba, dejando a la derecha la calle Abajo. En la primera, que ha sido durante mucho tiempo, una de las más importantes calles del pueblo, y que, a pesar de los sucesivos nombres que ha tenido sigue siendo conocida como la calle Arriba, hubo una quimera de gravedad el 22 de julio de 1760 entre el cochero de don Juan Roldán y un sargento de milicias del Regimiento de Bujalance. Según consta en el expediente los dos se agarraron de las trenzas del pelo y se dijeron de todo, al mismo tiempo que se daban manotadas y se asían de la cabeza y los brazos. Y todo, al parecer, provino de un pequeño incidente provocado cuando uno de ellos le lanzó una piedra al perro del otro. Aunque, una vez leído el expediente, los motivos reales eran otros.
Además de la cruz del Muelle y de la cruz de los Arrieros –junto a esta última vivía uno de los jóvenes sorprendido por el alcalde de la Santa Hermandad con una oveja sospechosa-, hay referencias también a la cruz de la calle Barranco, cerca de la cual la mujer de Fernando Caballero, sorprendido in fraganti con una olla de carne robada en la mañana del 19 de diciembre de 1768, se había encontrado un cuchillo sospechoso cuando una mañana venía de misa primera al pasar por junto a la cruz de la calle Barranco.
Las casas de Francisco Sequeira, apaleado por su suegro en la noche del 6 de junio de 1804, estaban también en la calle Barranco inmediatas a las esquinas que llaman de Jesús y por allí pasaron también los cuatro mozos que, en la noche del 24 de agosto de 1761, se dedicaron a cantar coplas que quitaban el crédito a una mujer que vivía en la dicha calle. Y también en la calle Barranco se produjo un motín a finales de octubre de 1800 en el que participó violentamente un grupo numeroso de arrieros mencianos que protestaban porque hubiese sido acogida en Doña Mencía una mujer, principal –según el expediente-, lo que provocó que cesase el comercio con Baena, ya que en la localidad vecina consideraban que dicha mujer estaba afectada por el contagio que se había extendido por la zona.
Don Manuel Ramón de la Peña y Tejada, comerciante de géneros y natural de Priego, estaba alojado en el mesón de la calle Llana, propiedad del convento dominicano de la villa, y a él se dirigía después de reclamarle a un vecino de la misma calle que le abonara los géneros que había prestado al fiado cuando éste llegó por detrás y le tiró violentamente de la capa de verano. Una de las vecinas, presentadas como testigo por parte de la víctima, era Basilia Valera, quien a eso de las nueve o nueve y media -del 11 de agosto de 1801- se hallaba en un cuarto interior de su casa cenando en compañía de sus dos sobrinas doña Ramona y doña Juana Valera y las demás criadas de la casa. Allí, según el Catastro de Ensenada, estaba la casa principal de don Diego Alfonso Valera Roldán con una bodega que tenía 100 arrobas de capacidad. Y allí, también, en el mesón de la calle Llana estaba alojado Pascual Jiménez, natural de Aguilar de la Frontera, cuando fue detenido, en la mañana del 8 de octubre de 1767, por el fiel Guarda de las Rentas Provinciales, tras cerciorarse de que estaba vendiendo azúcar sin pagar los reales derechos. Pascual declarará que era labrador, pero que en los intermedios realiza algunos viajes a Cádiz por algunos géneros ultramarinos. A Doña Mencía sólo trajo azúcar, pero tenía un despacho de la Administración de Cádiz en cuya relación se incluía, además de azúcar, dos libras de canela, ochenta millares de cacao de Guayaquil y doce arrobas de chocolate. A Pascual se le embargaron todas las existencias que tenía guardadas en el mesón de la calle Llana, además de una bolsa de munición, un frasco de pólvora y una escopeta cargada.
La última alusión que hemos destacado es la que se refiere al Palacio, situado en la actual calle Mina y que todavía conserva este nombre, que no sabemos cuál puede ser su origen, aunque dicho nombre también alude al paraje cercano. Allí estaba Francisca de Cueto en la mañana del 28 de enero de 1762, junto a las casas que llaman del Palacio llenando un cántaro de agua cuando fue apedreada por unos muchachos del pueblo que pagaron bien la broma, como veremos más abajo. No sabemos si allí hubo una fuente en el pasado y también ignoramos si ésta es la fuente que aparece con el nombre de fuente de la Rata en otro de los expedientes estudiados.
Los protagonistas
Los protagonistas de estas historias, en su gran mayoría, eran trabajadores del campo –el término “jornalero” no aparece casi nunca-, aquellos que, al decir del gran ilustrado Olavide, eran “los seres más infelices que había conocido”. Eran pobres gentes y basta leer la relación de los bienes que se les embargan cuando son encausados en algún proceso - el Garduño sólo tenía para embargarle dos sillas viejas y una cama vieja de madera con varios trapajos- para comprender cómo vivían. Y muchos de los imputados con tal de no perder días de trabajo, si podían, desaparecían del pueblo hasta que las cosas se aclararan o sanara la víctima, si es que ésta había sido herida en el lance. En escasas ocasiones se ven implicadas en los sumarios que hemos estudiado gentes acomodadas del pueblo. El principal sospechoso del asesinato de Julián de Luna -ocurrido en la plaza del Llanete en la noche del 1 de abril de 1725- era el estanquero y maestro del pueblo, don Manuel Fernández, y en un segundo embargo de sus bienes en el desván de la casa se encontró en una tinaja un poco de tocino en pedazos, dos jamones, dos mantecas, un asador, una media arroba, una olla llena de manteca derretida y cuatro escobas nuevas. María de Baena, de 50 años de edad y cuyo oficio era el de gobernar la casa, defiende en el verano de 1683 con excesiva entrega el honor de su sobrino, ausente del pueblo, y en la relación de los bienes embargados, además de los enseres de la casa, figuran varias tinajas y fanegas de trigo y de garbanzos, a los que hay que hay que sumar dos pavos y una pava, cuatro pavillos pequeños, ocho gallinas y dos gallos, un marrano y un mulo. En raras ocasiones se producen fricciones entre gente principal del pueblo y sólo habría que destacar la que se produce entre don Diego María de Alcalá, que gozaba de fuero eclesiástico al estar ordenado de menores órdenes, y don Bonoso Marcelino de Corpas, alférez de Caballería y escribano del número mayor del Ayuntamiento y de las rentas del duque, por los dichosos tiros que se produjeron en el paraje del estanque, en la huerta del Muelle, a la salida de Doña Mencía en la tarde del 6 de julio de 1809.
En ocasiones salen a relucir los odios y recelos hacia los miembros de la nobleza local. Así ocurrió en la quimera de gravedad de la calle Arriba de julio de 1760 y a la que hemos aludido antes que desembocó en una pelea múltiple llegando a intervenir hasta don Juan Joseph Roldán Galiano al ver cómo apaleaban a su cochero. El otro inmiscuido en la pelea era Francisco Muñoz, sargento de milicias, quien llegó a declarar que don Juan Joseph Roldán era un pícaro y un mierda a pesar de que tuviera hechas siete pares de pruebas. Aunque el ataque más duro, y además hecho en público, se produjo, como ya hemos comentado más arriba, a finales de mayo de 1769 cuando la familia Valera fue acusada de sambenitada y en este caso también la injuria provino de un miembro de la familia Muñoz, que se declaraba emparentada con la de los Valera.
Uno de los capítulos está dedicado a los terribles hermanos Barba, de los que se conservan varios expedientes. La mayoría de los miembros de la familia Barba eran arrieros que se dedicaban a trajinar, entre otras cosas con el vino y aguardiente de Doña Mencía, muy afamados en toda la zona. Precisamente en la tarde del 7 de agosto de 1803 cuando Andrés y Antonio Barba entran violentamente en la casa de su hermana Gerónima con el fin de acabar con las habladurías que se estaban produciendo en el pueblo, tanto Sebastián Ruiz, marido de Gerónima, como Juan Barba, el padre, estaban en la provincia de Jaén, en Villardompardo, pueblo al que abastecían de aguardiente así como también a Alcalá la Real. Y hay otro expediente de otro miembro de los Barba, creemos que en este caso se refiere al padre, a Juan Barba, por el impago de unas determinadas cantidades de aguardiente, vinos blancos y también tintos –es la única referencia que he encontrado respecto a la fabricación de vinos tintos en la Doña Mencía del pasado- que éste no ha abonado a su yerno para abastecer el pueblo de Nogalejo.
También en estas historias aparecen otros protagonistas como la pelea que se produjo entre molineros en febrero de 1708, o la defensa que hace el maestro barbero, Francisco de Arjona, del honor de su hija en la noche del 28 de agosto de 1806, o la herida que sufrió Francisco Ruano, de profesión carpintero, cuando en la noche del 22 de diciembre de 1804, se sintió ofendido cuando estando de copas con un grupo de amigos se suscitó conversación por estos diciendo que no había gente más embustera que los oficiales. Y también salen a relucir los comerciantes que se negaban a abonar los correspondientes impuestos sobre las diversas mercancías –azúcar, paños, encajes, calderas, sartenes, etc.- que traían para vender en el pueblo.
Ya hemos aludido más arriba a algunos expedientes –cinco en total- en los que los imputados en los sumarios son menores de edad. Así, la quimera que se armó en septiembre de 1768 en la Cruz del Muelle por unos guitarros comprados en la feria de Cabra, la pedrada que un chico propinó a finales de enero de 1762 a María de Cueto cuando cogía agua junto al Palacio o la pelea que se produjo en las puertas del Convento a finales de agosto de 1804. A ellos hay que sumar la paliza que recibió Blas de Morales, en la tarde del 17 de agosto de 1759, cuando fue pescado por Eusebio Polo, el hortelano que tenía arrendada la huerta del Duque de Sessa del Pilar de Abajo, por el motivo de haber cogido de los granados que hay en dicha huerta cuatro o cinco granadas, o el incendio que provocaron los hijos de Gonzalo Urbano a mediados de agosto de 1762 en la sierra en el paraje de Las Covezuelas. El padre más tarde aduciría que sus hijos fueron los motores de dicha quema la que ejecutarían sin la precaución de saber qué dañaban por la inocencia de la edad pupilar en que se hallan.
Los parajes del lugar
El término de Doña Mencía, o mejor dicho el de la parroquia de la villa una vez que ésta se separa de la jurisdicción de Baena, es uno de los más reducidos de la provincia y aparece delimitado en la sentencia que emite el tesorero de la catedral de Córdoba el 9 de febrero de 1422. La cortedad del mismo ha hecho que los mencianos hayan buscado tradicionalmente trabajo en los pueblos cercanos. A mediados del siglo XVIII, la mitad de las tierras de cultivo del término de Doña Mencía –poco más de 300 hectáreas- estaban dedicadas al cereal, “sembradura de secano”, lo que no impedía que en épocas de escasez tuvieran que buscar trigo en Baena o en otras localidades. Había poco menos de 200 hectáreas de olivar y unas 160 de viñedo. El campo, por tanto, es el escenario del trabajo de la mayoría de los habitantes de la Doña Mencía del pasado y allí se produjeron hechos que han sido recogidos en numerosos sumarios.
Las alusiones, por tanto, a parajes concretos del término o aledaños, son muy frecuentes entre los expedientes estudiados. Así, Juan Joseph Muñoz es acusado a finales de septiembre de 1763 por el guarda de las viñas de los sitios de la Encina Alhivero y Prado Melgar al ser descubierto, como a ora de entre seis y siete de la tarde y noche con unas uvas que traía en un serón. Un testigo, que estaba en los hoyos que llaman de Domínguez, también lo vio venir por la vereda hacia arriba. Hay también varias noticias sobre robos de ganado extraídos del Monte Horquera, que durante mucho tiempo fue una de las zonas de pasto más importantes de la comarca. No en vano, las disputas sobre el uso de pastos comunes fueron frecuentes entre los vecinos de Baena y Doña Mencía, e incluso en el documento de separación de la jurisdicción de 1654 se hizo constar que no se introdujeran cambios en este sentido, lo que no siempre fue respetado. En uno de los casos, que hemos apuntado más arriba, se habla del robo de tres cochinos del Monte Horquera y uno de los encausados, Antonio Jiménez, de 18 años, sería condenado a seis años en uno de los presidios de África –el Corregidor de Doña Mencía le había impuesto ocho pero consultado el auto a la Chancillería de Granada ésta le rebajaría la condena-.
En el término de Doña Mencía las tierras de regadío eran escasas y todas ellas pertenecían a los bienes raíces del señor de la villa, el duque de Sessa y Baena. La huerta del Pilar de Abajo estaba arrendada a Eusebio Polo, que no se andaba con remilgos en defender sus frutos de las travesuras infantiles, y la del Tocón estaba explotada por Fernando Cantero que vio como los hijos de Gonzalo Urbano pegaban fuego en la Sierra en el verano de 1762.
Muchas de las peleas se produjeron cuando se trasladaban a los términos de los pueblos cercanos o se regresaba de los mismos. Así, cuando Antonio Barba volvía al pueblo en la tarde del 10 de julio de 1800 a la altura de la Hoyuela de Bartolo, paraje cercano al Henázar, se encontró con su hermano Andrés y entre ambos saltaron chispas dándose ambos pescozones y bofetadas. También a principios de agosto de 1758 y cuando un grupo de segadores mencianos venían de Baena se pararon en el cortijo de Lo Porras a echar un trago de vino y hubo sus más y sus menos entre uno de los jornaleros y el capataz del cortijo al que acusaron de tacaño. Y en las viñas del mismo paraje de Lo Porras se produjo en el mes de marzo de 1800 un enfrentamiento entre capataces de distintas cuadrillas por el precio de jornal apalabrado con los vendimiadores. Más tarde, en la querella que presenta el que se vio obligado a subir el jornal de 5 a 5,5 reales se expresa que aquello era un mal ejemplo que no puede tolerarse porque invitó a delinquir y faltar la fe del contrato.
De los afamados pagos de Camarena, como diría un entendedor de vino, también hay noticias en los sumarios criminales del Archivo de Doña Mencía. El 6 de octubre de 1807, cuatro trabajadores del pueblo, tras vendimiar los parajes de Camarena marcharon al Puntal, término de Cabra, a las viñas de don Diego de Alcalá. A Teodosio de Navas le habían hablado de las tendencias sexuales de don Manuel de Ojeda, pero la sorpresa fue mayúscula cuando éste se le presentó en la noche del 6 de octubre de 1807 muy placentero diciéndole que lo quería mucho. Tras la pequeña pelea que se produjo entre ambos, otro vendimiador confirmaría que en otra ocasión el tal don Manuel de Ojeda también quiso abusar de él pues durante un viaje le tuvo unas conversaciones muy deshonestas.
Los conflictos de lindes eran muy frecuentes, como es lógico en una sociedad cuya principal fuente de riqueza es la tierra, en la Andalucía rural del pasado y muchas de las rivalidades más duraderas provenían de graves fricciones sobre la delimitación de las propiedades. El capítulo 14 está dedicado a este apartado y a lo largo del mismo salen a relucir diversos escenarios en los que se produjeron hechos en los que la justicia intervino. Tras discutir en el Pilar de Abajo, en enero de 1726, Bartolomé de Tienda fue agredido, cuando se dirigía a su plantonar de los Quejigares Viejos, por Francisco Cubero Vida, quien le había recriminado que era cosa de cabrones echar por la senda que va a su olivar. En otra ocasión la discusión provino por una cepa lindera y el expediente sobre la apuesta que llevaron a cabo Juan Hilario Cubero y Francisco Urbano en mayo de 1760 sobre un celemín y medio de viñedo en el pago de Suertes Atravesadas es uno de los más largos y prolijos que se conservan en el Archivo de Doña Mencía.
Existía, al parecer, la costumbre de entregar una prenda cuando se producía una disputa sobre el uso de un camino, pero el 28 de mayo de 1762 cuando Francisco Pablo Cubero estaba trabajado con siete jornaleros en una viña de su padre en el término de Baena y, siendo como entre cuatro y cinco de la tarde del 28 de mayo de 1762 poco más o menos, entraron en ella Joseph de Montes y Pedro de Úbeda, sin atender que no era camino, y sin tener en cuenta el daño que podía hacer de echar por ella, según consta en la querella que presenta Francisco Pablo. No sólo no entregaron ninguna prenda como prueba de la denuncia sino que fue insultado y agredido con el azadón por Joseph de Montes.
Los asalariados del señor de la villa no eran más pacíficos que los demás. Así, algunos de los que estaban faenando en la casería de viñas que el Duque de Sessa tenía en el término de Cabra una vez que se les acabó el pan decidieron venir a Doña Mencía en la tarde del 5 de febrero de 1804 y cuando pasaban por Las Lomas, en el majuelo de Lucas Ximénez, cerca del arroyo de Juan de Luque, un hijo de Pedro de Lucena y Pedro de Luna se liaron a palos con las horquillas que cogieron de una viña cercana. Algunos de los implicados en la pelea desaparecieron del pueblo por un tiempo, aunque el Corregidor aseguraba que no se perderían las fiestas de las carnestolendas.
El buen vino menciano
En numerosas ocasiones, en demasiadas diría yo, los imputados en los procesos señalan al buen vino del lugar como el principal culpable de estados de ánimos incitadores de la violencia y como casi único atenuante. Así, el defensor de Félix de Vera, quien cuchillo en mano y cuando se pregonaban los impuestos en la plaza del Pradillo se lanzó en la tarde del 2 de enero de 1763 contra el Alguacil Mayor don Juan Miguel Valera, recordará al Corregidor que en Doña Mencía entre pascuas toda la gente trabajadora del pueblo generalmente se excede en beber vino y aguardiente. Seis años después, Cristóbal Muñoz, quien en una noche de finales de mayo se atrincheró en la cárcel cuando iban a sacarlo para llevarlo a la de Córdoba, también se excusará, en un escrito que presenta casi cinco años después, diciendo que no recuerda exactamente lo que dijo aquella noche –había hecho acusaciones muy graves contra los Valera- por quanto al tiempo que estuvo encarcelado con los bochornos tan excesivos que hacía tuvo la cabeza muy mala con un poco de vino que bebió con otros presos.
Entre los insultos que Josefa de Montes recibió por parte de su hijo y de su nuera en la tarde del 22 de agosto de 1802, cuando el vecindario del pueblo estaba encerrado en sus casas tratando de sobrellevar las calores del verano, están los de “indigna, arrastrada, ruin” y “borracha”. Y también Josefa de Vera de ordinario se embriaga, según el testimonio de una vecina del barrio de San Sebastián, a raíz de un incidente que se produjo entre Josefa y otra vecina en octubre de 1804. Incluso el marido de Josefa declarará que no puede sujetar a su mujer con sus embriagueces.
Por encima de todo estaba el honor personal y convenía no despreciar públicamente a nadie ni acusarlo de borracho en medio de todo el mundo. El 11 de agosto de 1801, don Manuel Ramón de la Peña y Tejada, comerciante de géneros de Priego, se querella contra Juan de Mata León por unas deudas impagadas, pero cuando a éste se le insinúa que no se puede hablar con él por encontrarse ebrio, la reacción fue violenta cogiendo al de Priego por la capa que llevaba puesta. Durante el verano del año anterior dos desconocidos que pasaban por Doña Mencía se conocieron en las tabernas del pueblo. Uno era de Luque y el otro de Marmolejo. Vinieron al pueblo por distintos motivos, pero el vino y el aguardiente mencianos los unió y sirvió para crear lazos de amistad entre ambos. Los dos dieron con sus huesos en la cárcel, pero no sin antes disfrutar de unos cuantos medios cuartillos de vino y otros tantos cuartos de aguardiente. Tantos que Josef Ortiz, el de Luque, tuvo que dormirla en una gavillera de las que hay en la entrada de esta villa. Según la declaración del otro, de Juan Antonio Ruiz, estuvieron juntos desde por la mañana de día de ayer hasta la quatro de la tarde que los prendieron.
También en la navidad de 1804 se produjo otra pelea entre amigos tras beber bien y estar de chanzas durante toda la tarde del 22 de diciembre. El peor parado de todos fue Francisco Ruano, de profesión carpintero, y dos de los implicados en la pelea serían encarcelados, pero no por mucho tiempo, ya que cinco días después, se dicta el auto de excarcelación de ambos, debido a la celebridad del natalicio de nuestro señor Jesucristo, y a la estrechez de la cárcel y haber en ella más presos que los que puede sufrir. A ambos se les condena en costas y a Fernando, que no se presentó a la justicia, se le obligará a abonar tres ducados para ayudar a dar de comer a los otros presos.
El sistema judicial de la época
El encargado de administrar justicia en las pequeñas villas durante el siglo XVIII fue el Corregidor, cargo revitalizado por los monarcas borbónicos, cuyas funciones no eran sólo judiciales sino también administrativas. Además, ejercía en su territorio la jurisdicción real con mero y mixto imperio y conocía de las causas contenciosas y gubernativas y del castigo de los delitos. El tipo de sentencias que imponía era variado, desde reconvenciones morales cuando se trataba de pequeños enfrentamientos familiares o trabajos al servicio de la comunidad –sorprendido con un cuchillo en marzo de 1762 a un muchacho se le impuso la pena de que trabaje por término de ocho días en cualesquiera de las obras públicas que en esta villa se ofreciesen- hasta condenas a muerte. En muchas ocasiones la mentalidad de la época queda expresada con toda nitidez como cuando a la mujer de Francisco Sequeira, al que acusaba de borracho, y al que había abandonado para refugiarse en el hogar de su padre, el Corregidor le insta a que guarde la buena armonía y moderación con su marido como cabeza del matrimonio, estar en su casa y cumplir con las obligaciones de su estado sin faltar de ella y pasarse a la de su padre tan continuamente y en especial a las horas que todo marido debe concurrir a la casa a comer y a dormir. En última instancia, la Chancillería de Granada podía revocar o ratificar la sentencia, pero, en la mayoría de los casos, la condena se mantenía o se endurecía tras el fallo del alto tribunal granadino. Excepcionalmente, la pena que se impuso a Juan Jiménez por robar unos cerdos en el Monte Horquera en noviembre de 1763 –fue obligado a servir a Su Majestad en calidad de gastador durante ocho años en uno de los presidios de África- quedó reducida por la Chancillería de Granada a seis años.
Pero a pesar de la dureza del sistema judicial de la época, en la que desde el inicio se embargaban los bienes de los encausados y además se decretaba su encarcelamiento hasta que la presunta víctima sanase -cuando se producía alguna pelea con sangre-, las estrategias para burlar la dureza de dicho sistema eran múltiples y lo más frecuente era que cuando el Corregidor iniciaba el auto, los pájaros afectados por el mismo volaban hacia nidos más seguros y desaparecían del pueblo hasta que las aguas volvieran a sus cauces, por muchas veces que se pregonase su prisión en la plaza del pueblo. Eso si no se habían refugiado en el convento para gozar de la inmunidad del lugar sagrado hasta donde la justicia se podía dirigir para tomar declaración pero nunca apresar a los sospechosos. En el verano de 1761 tanto Cristóbal Rodríguez como Juan de Arévalo son encarcelados rápidamente por cantar coplas contra el honor de una mujer de estado honesto, sin haber tocado ermita, Iglesia ni lugar sagrado e Hipólito Rodríguez se entregará también voluntariamente, pero habrá que esperar al 4 de septiembre para tomarle declaración a Vicente Rodríguez, pues hasta esa fecha no había sido localizado, tras ser buscado por la justicia en los sitios públicos y secretos de la villa.
Además, las Reales Cárceles de la villa, anejas a las Casas Capitulares, tampoco ofrecían mucha seguridad y el estado en el que se encontraban era ruinoso. Lo normal era que desde la plaza del Pradillo se pudiese charlar con los encarcelados y en ocasiones algunos no lo hacían precisamente para animarlos, como veremos en alguno de los expedientes que se conservan en el Archivo de Doña Mencía. En ocasiones, el Alguacil Mayor, cargo que durante la segunda mitad del siglo XVIII recayó con bastante frecuencia en un miembro de la familia Valera, se veía obligado a dejarles salir por un tiempo de la cárcel y en otras ocasiones los presos se atrincheraron atrancando con piedras la puerta de la cárcel y quitándose los grillos, como ocurrió en la noche del 29 de mayo de 1769 cuando Cristóbal Muñoz desafió a don Juan Thomas Valera, alguacil mayor de la villa. Precisamente en este expediente figura un informe de alarife del cabildo en el que hace una descripción detallada del mal estado de la cárcel y de las reformas necesarias para asegurar a los presos.
Como ha anotado en el prólogo el exfiscal José Paniagua Gil el “procedimiento que utilizaban los tribunales, tanto civiles como eclesiásticos era el inquisitivo, que es el menos garantías tiene para los acusados y en el que las pruebas principales eran las declaraciones de inculpados y testigos, obtenidas por las buenas o por las malas, mediante la aplicación de la tortura”. Las penas, también alude a ello, eran variadas y la población de Doña Mencía asistió, y seguramente que esta no sería la única ocasión en que esto ocurriera, a la ejecución pública de Francisco Posadas de Mesa –había matado alevosamente a su mujer-, quien sufrió "muerte de horca y después encubado con los animales que previene la ley y arrojado a las aguas” en una fría mañana de febrero de 1808 en la plaza del Pradillo de Doña Mencía. En esta ocasión el Corregidor había impuesto una pena menor, el destierro por diez años a las islas Filipinas absolviendo a los demás implicados, pero la Chancillería de Granada revocó la sentencia declarándola nula e injusta imponiendo a dicho reo “la pena ordinaria de Muerte en las cualidades y circunstancias que debían sufrir los que cometían el crimen de Parricida...” Esta es la única noticia que tenemos sobre ejecuciones públicas en la villa de Doña Mencía –cuya referencia también aparece en el libro de entierros del Archivo Parroquial- aunque sí hay más referencias en los expedientes relativas a asesinatos u homicidios.
Lo más frecuente es que el Corregidor iniciase un auto de proceso cuando hasta su despacho llegaban noticias de algún hecho delictivo y tras tomar declaración al principal implicado –herido en una pelea o querellante en un proceso- se decretaba el embargo de los encausados y se ordenaba, en la mayoría de los casos, el encarcelamiento de los mismos, quienes, con la diligencia que podían, o bien se refugiaban en el convento –allí estuvieron desde mayo hasta octubre de 1758 dos amigos que se habían peleado en una fiesta de cruces y que serían condenados a dos años de destierro del pueblo- o desaparecían del pueblo. Las condenas, como hemos apuntado más arriba, variaban de unos casos a otros, pero llama la atención la dureza con la que se perseguían los delitos contra la propiedad –Fernando Caballero es condenado a principios de 1769 a servir a Su Majestad por tiempo de seis años en uno de los Regimientos de Infantería y si deserta de ellos debería cumplir el mismo tiempo en cualquiera de los Reales Presidios de África y todo ello por ser sorprendido robando una olla de carne-, la resistencia a la autoridad –Félix de Vera fue condenado a servir en uno de los presidios de África por espacio de cuatro años por dirigirse navaja en mano hacia el Alguacil Mayor y los que pregonaban los impuestos en la plaza del pueblo en la navidad del año 1761- y las injurias al honor de una persona o su familia -la causa que se instruyó contra los implicados en los cantares contra el honor de una mujer de estado honesto que hemos citado más arriba fue sobreseída pero se les amenaza con ser castigados a cumplir cuatro años en los presidios de África-.
También sorprende el trato a los menores de edad implicados en alguna pelea, quienes también eran encarcelados hasta que la víctima sanase de las heridas causadas. Así en septiembre de 1768 y tras mantener un grupo de muchachos una pelea junto a la Cruz del Muelle, a la salida del pueblo, por unos guitarros comprados en la feria de Cabra, el agresor, Joseph Muñoz con 15 años de edad, es encarcelado hasta que el cirujano certifica que ha sanado el chico agredido. En otra pelea producida en los patios del Convento dominicano de Doña Mencía en el mes de septiembre de 1804, se apercibe a Juan María de Arjona, que había herido con un cuchillo a Felipe Contreras de 10 años de edad, y se le recomienda que de no moderar sus acciones que tan anticipadamente principian a manifestarse –no se indica la edad exacta del agresor- contra el amor del prójimo y poco temor de la justicia se castigará con la mayor seriedad y escarmiento –había sido encarcelado hasta que sanó el otro chico y se obligó al padre a pagar las costas del proceso-.
De alguna manera, a modo de conclusión del capítulo, este modesto trabajo ha intentado rescatar pequeñas historias de gentes humildes que vivieron en un pequeño núcleo de la subbética cordobesa, pero cuyos avatares nos ofrecen una información muy valiosa para conocer no sólo el funcionamiento de la justicia en la España de siglo XVIII sino las mentalidades y otros aspectos de la vida cotidiana en el mundo rural andaluz. El objetivo no es otro que dar a la luz las pequeñas vivencias del pasado de un pueblo cordobés y, de esta forma, conocer los detalles de historias escondidas desconocidas hasta ahora.
Doña Mencía es el pueblo de los Valera y de los Alcalá-Galiano, la pequeña patria del gran escritor don Juan Valera, pero hubo otros Valera que ocuparon altos cargos municipales en el cabildo de Doña Mencía y de los que, a partir del estudio de estos expedientes, ahora sabemos muchos aspectos de su vida pública. Don Juan Valera pasó largas temporadas en Doña Mencía, sobre todo mientras vivió su madre en la casa del marquesado de la Paniega, la actual casa de la Cultura, y aunque se quejaba del excesivo calor y de la falta de inspiración que tenía aquí, sin embargo, cuando se encontraba muy lejos de su país, añoraba su pueblo, sus gentes y sus rincones.

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